jueves, 13 de octubre de 2011

Rojo con Blanco


Rojo con Blanco

La compañía en la que trabajas, decidió mandarte lejos de comisión. Después de buscar por horas un hotel en donde descansar, te encuentras con un hotel que se ve algo rustico, pero limpio a final de cuentas, y decides pasar ahí la noche. Llegas al lobby y pides un cuarto a la recepcionista. La mujer te entrega la llave de tu cuarto, y te da direcciones de cómo llegar a el. Sin embargo, te advierte: “Camino hacia tu cuarto, se encuentra una puerta sin ningún numero, la cual esta cerrad, y nadie, por ningún motivo, debe de mirar por la cerradura, y mucho menos entrar”. Sigues las instrucciones de la dama, y te vas derechito a tu cuarto a dormir.



La siguiente noche sientes una enrome curiosidad sobre el cuarto cerrado. “Que habrá ahí..?”, te preguntas constantemente. Así que decides salir a media noche a través del pasillo, hasta la puerta sin numero. Tratas de abrir la puerta, pero esta se encuentra bien cerrada.



Gracias a tu curiosidad, decides mirar por el cerrojo. Sientes un aire helado en tu ojo. Lo que ves es un cuarto de hotel exactamente como el tuyo. En la esquina, ves a una joven mujer, con la piel mas blanca que jamás hayas visto, recargada en la pared, mirando hacia la pared opuesta de la puerta. Te entra la necesidad de tocar nuevamente la puerta, pero decides no hacerlo, y decides mejor regresar a tu habitación. Por alguna razón, sientes que quizás esto haya salvado tu vida.



A la noche siguiente, regresas a la puerta y vuelves a mirar a través de la cerradura. Esta vez, lo único que ves es un rojo intenso. No puedes distinguir nada, además de ese extraño color rojo, inamovible. “quizás los huéspedes se dieron cuenta que los espiaba anoche, y decidieron bloquear la puerta con un papel rojo, o algo así”, te dices. Sin embargo, sientes una sensación horrible cuando llegas a tu habitación: Escalofríos, una sensación de que alguien te observa.

Decides regresar al lobby, y sacar mas información de la mujer. Ella suspira, y te pregunta: “Miraste por la cerradura, verdad?”. Le dices que si a la mujer, y entonces ella te dice: “Bien, supongo que puedo contarte la historia: Hace unos 7 años, tuvimos una pareja hospedada en ese cuarto. El hombre asesino a su mujer, y desde entonces su fantasma ronda en ese lugar. Lo curioso es que, la mujer, era una extraña, pero hermosa joven albina, con la piel mas blanca que la nieve, y ojos tan rojos como la sangre”.


El medico


El medico


En el invierno de 1944, con líneas de alimentación sobrecargada en las Ardenas, un médico en el ejército alemán se había quedado completamente fuera de plasma, vendas y antisépticos. Durante una ronda particularmente malo de fuego de mortero, su campamento fue un baño de sangre. Los que sobrevivieron afirmó haber escuchado, por encima de los gritos y ladraba órdenes de su teniente, alguien cacareo de alegría casi juvenil.
El médico había hecho sus rondas en el fuego, en una oscuridad casi completa como lo había hecho tantas veces antes, pero nunca había sido tan corta los suministros. No importa. Que iba a hacer su deber. Siempre se había enorgullecido de su ingenio.
El bombardeo se trasladó a otros extremos de la línea, y la mayoría de los hombres se quedó dormido en la oscuridad, todavía horas de la mañana - el Día de Año Nuevo de 1945. Los hombres despertaron al amanecer con los gritos. Descubrieron que las vendas no vendas típica en absoluto, sino trozos y tiras de carne humana. Varios hombres habían recibido transfusiones de sangre fresca, pero no ha habido suministro de sangre disponible. Cada uno de ellos tratado fue casi completamente cubierto, la cabeza a los pies, con la mancha marrón de la sangre.
El médico se encontró, sentado sobre una lata de municiones, la mirada perdida en el espacio. Cuando un hombre se le acercó y le golpeó en el hombro, la túnica se cayó de revelar que grandes manchas de su piel, los músculos y tendones se habían despojado de su torso y su cuerpo estaba casi completamente secas de sangre. Por un lado era un bisturí, y en el otro, un vial de transfusión de sangre. Ninguno de los hombres tratados por heridas de esa noche, en ese campamento, vio el final de enero de 1945.



El "Roswell brasileño"

Varginha (Brasil) 20 de Enero de 1996. Ell matrimonio de Eurico Rodríguez y Oralina Augusta fue despertado por dos aterrados mugidos del ganado que cuidan hace seis años, en un vallecito junto a la ruta, justo a la entrada de la ciudad. Creyendo que se trataba de cuatreros, Oralina abrió una ventana de su sencilla casa y Eurico, otra. Oralina, mirando hacia el sur, no vio mas que ganado espantado, corriendo.

Eurico abrió la ventana que daba hacia la ruta y se quedo de una pieza: a la palida luz de la luna y a apenas 30 metros de distancia, flotaba en perfecto silencio un cilindro gris del tamaño de un ómnibus. Rasando, a cuatro metros de altura, el cilindro se movía lentamente hacia el norte, sin alas, sin humo ni luces.



Eurico salió de su shock y llamo a los gritos a su mujer. El no lo recuerda pero su mujer dice que su grito fue “¡Oralina, hay un submarino sobre el campo!” Su mujer, que hoy lo recuerda con risas su cómica definición, corrió a la ventana y vio la nave. Por mas de media hora, contemplaron asombrados la extraña aparición hasta que desapareció por encima del morro que limita el pequeño campo.


Nueve horas después




Ese mismo día, un habitante del municipio de Alfenas, situado a unos 80 kilómetros de Varginha, declara haber visto una criatura que parecía “un mono de metro y medio de altura con tres chichones en la cabeza”. Esa misma mañana, a las 10,30, los bomberos de Varginha capturan a la extraña criatura. Los veteranos ufólogos y abogados Vitório Pacaccini y Ubirajara Franco Rodrigues, que investigaron los hechos, verificarían que la criatura fue capturada por cuatro hombres –sin que ésta ofreciera resistencia alguna- con una red como las que se emplean para atrapar perros.

Por la tarde, Valquiria, Liliane y Katia, tres adolescentes – dos de ellas hermanas- que regresan tranquilamente a sus casas poco después de terminar su jornada escolar, tienen un encuentro que jamás olvidarán: arrimado a un muro de un terreno baldío, a menos de siete metros de ellas, se encuentra agachada una criatura semihumana, con la cabeza entre las piernas, de no más de metro y medio de altura y enorme cabeza coronada por tres extrañas protuberancias, ojos grandes y rojos, piel marrón viscosa con venas saltonas.

A las niñas les parece que la criatura está desnuda y tan asustada como ellas.

Aterradas, huyeron. Pocos minutos después llegaban a su casa. Luiza Helena Silva, la madre de Liliane y Valquiria, las esperaba ansiosa por el retraso. “ las vi llegar llorando, temblando, casi ni podían hablar. Cuando me vieron me abrazaron espantadas y me dijeron que habían visto al “capeta”, al diablo.

Pero las chicas insistían: habian visto algo que “no era gente ni animal”, un diablo ni os retos maternos las disuadían. Doña Luiza, vencida decidió investigar y le pidió a una vecina que las llevara al baldío en su camioneta. Medio barrio ya estaba reunido en la esquina, escuchando y comentando. En el baldío, Luiza encontró apenas dos huellas enormes y un indefinible olor, “lejanamente parecido al del azufre”. La familia volvió a casa, alterada y sin saber en que pensar. Poco después, una tormenta fortísima borraba todo rastro del incidente en el baldío.

La criatura es idéntica a la capturada por la mañana en la misma zona. Avisados de su presencia, soldados de la Escola de Sargento das Armas (ESA) de tres Coracões, oficiales de las Policía Militar y los bomberos de Varginha, proceden igualmente a capturarla.

Estos dos seres no vivieron mucho y que sus cuerpos, al final del mismo día 20, pasaron a disposición del Hospital Regional de Varginha, primero y del Hospital Humanitas después, en la periferia de la ciudad, centro dotado de los mejores equipos clínicos del área. Ambas criaturas fueron colocadas en cajas de madera y cubiertas con un plástico blanco. También supieron que la primera entidad –la capturada por la mañana- se mantuvo más tiempo viva que la segunda, que comenzó pronto a desprender un desagradable olor fétido.

Los cuerpos de las criaturas fueron sometidos a una necropsia por el famoso forense Badan Palhares, el mismo que examinó el cráneo del criminal nazi Mengele; sin embargo, Palhares desmentiría más tarde, públicamente, su participación en el caso.

En cuanto a las operaciones militares, según los dos ufólogos, fueron ordenadas por el teniente coronel Olímpio Wanderley Santos, de la ESA, quién también negó rotundamente a la prensa su participación en el caso.


El Traslado de los Cuerpos





Las investigaciones de Pacaccini y Rodrigues les llevarían a poder reconstruir parcialmente lo sucedido. Averiguaron que el lunes 22 de Enero un convoy de tres camiones partió a las 17,30 horas rumbo a la Escola de Sargento das Armas (ESA) de Tres Coracões, a 25 kilómetros de Varginha, a donde llegaría a las 19,00 horas, entrando separados para no llamar la atención.

Ya en la Madrugada del 23, el capitán Ramires saldría de la ESA en un jeep. Los mismos camiones más tarde participaron en el transporte inicial de las criaturas saldrían también a las cuatro de la mañana, acompañados por el sargento Pedrosa. El capitán Ramires esperaría a los camiones en una unidad del Ejercito, cerca de la ciudad de Campinas, desde donde se dirigieron a la Universidad, una de las más importantes de Sudamérica, equipada con tecnología de punta. Momento a partir del cual se pierde definitivamente su pista.


Militares Irritados





Hoy, más de setenta ufólogos han visitado ya Varginha para investigar. Desde Bob Pratt, del National Enquirer, hasta John Mack, profesor de Psiquiatría de la Harvard Medical School y experto internacionalmente reconocido en el terreno de las abducciones, dando credibilidad a los hechos.

Es más: diez de las principales organizaciones ufológicas de Brasil han firmado un documento en el que denuncian la existencia de “una verdadera y compleja operación que involucra autoridades militares y profesionales civiles que resultó en la captura de criaturas no clasificadas biológicamente y que han sido mantenidas bajo vigilancia médica y , posteriormente retiradas de la ciudad”.

sábado, 8 de octubre de 2011

Tan solo un angel caido


Mi nombre era Luzbel, pero hace mucho tiempo que nadie me llama así; Ahora me conocen por otros nombres, seudónimos que siempre se asocian al mal y que paralizan la sangre con solo ser escuchados. 


Y eso la convierte en mi favorita, pues para ella solo soy el ángel caído. Es la joven más dulce que pudiese existir. Le conozco desde pequeña, le he visto crecer y convertirse en la mujer que es hoy. Aunque también la he visto caer. Como yo también fue expulsada de su cielo: de una sociedad a la que desea pertenecer y le rechaza. Ni siquiera lo imagina pero tenemos más cosas en común de lo que se piensa. Eva, ese es su nombre… 



Eva era apenas una chiquilla la primera vez que vino a verme. Su padre le llevaba de la mano. Vi su carita cuando la levantó para mirar lo que su padre señalaba en las alturas; entonces descubrí como el asombro llenaba sus ojos al descubrirme (con una rapidez asombrosa para una niña tan pequeña). Soltó la mano de su padre y corrió hacia mi jardín. No logró saltar la baranda a tiempo y su padre le sostuvo de nuevo. Aquella tarde Eva se alejó llorando, pero cada pocos pasos se volvía y me miraba entre lágrimas. Y desde aquella tarde, Eva no faltó ni un día a su cita conmigo. 



A veces jugaba con su pelota cerca de mí y la tiraba hacia mi jardín, colándose a recogerla sólo como excusa para poder tocar la columna sobre la que yo estaba. Otras veces, se sentaba muy formal al lado de su padre, dando de comer a las palomas mientras mantenía largas conversaciones mentales conmigo. Que yo no le contestara no la desanimaba y seguía contándome sus pequeños secretos. Lentamente iba creciendo: sus gustos y sus actitudes cambiaban. Ya no saltaba al jardín, se limitaba a permanecer sentada en un banco leyendo o estudiando. Pero seguía hablando conmigo, contándome sus secretos que, por supuesto también iban creciendo… 
Hoy también ha venido. Últimamente actúa de forma extraña. Ronda por el parque todo el día, como si buscase algo. Cuando se sienta a mi lado parece nerviosa y desasosegada. 



Al medio día se ha parado junto a mí, pero enseguida ha desaparecido metiéndose entre unos arbustos cercanos. He visto alguna vez a los niños jugando al escondite en ese lugar. Les he oído pensar en el hueco que se esconde bajo sus ramas y que los oculta del mundo. Ahora la siento allí acurrucada. Oigo su respiración calmada. Creo que se ha dormido, aunque no logro adivinar porque se ha escondido ahí para dormir. Ojala pudiera preguntárselo algún día… 



La noche ha caído. Oigo a los guardias del parque acercándose mientras hacen la última ronda de la jornada. Puedo sentir a Eva, despierta y alerta bajo los arbustos. Siento como se tensa cuando escucha hablar a los guardias: su corazón se acelera y su respiración se detiene durante un par de segundos. Tal vez este asustada ante la posibilidad de ser descubierta. Desde hace años los guardias recorren el parque al comenzar la noche y luego no viene nadie más hasta el amanecer. Es probable que Eva haya dormido demasiado y al darse cuenta de que venían los vigilantes ha visto como sus esperanzas de salir a tiempo se han esfumado. 



Las voces se alejan y Eva sale a gatas de su escondite. Empuja un bulto negro delante de ella. Se dirige a su banco, con el paso un poco vacilante por las horas de inactividad. Allí abre el bulto y empieza a sacar cosas y a disponerlas encima de la piedra. Por primera vez no me habla con la mente, sino con un susurro dulce. Por un momento pienso que si ella está allí la noche será mágica y todo puede pasar. Luego el momento se va y me concentro en escuchar lo que Eva me cuenta. 



Ni un solo instante a dejado de hablar de los recuerdos que comparte conmigo y de las ganas que tenía de poder pasar una noche a mi lado. Me deslumbra al quedarse desnuda completamente. Saca del bulto unas medias negras y unas bragas de encaje rojo. Se las pone con cuidado mientras sigue hablando sin parar. Coge un carmesí vestido de noche. Lo sacude un poco para estirar las arrugas y se viste. Por último, se calza unos zapatos de charol carmín con tacón de aguja. Dobla las ropas que se había quitado y las guarda en el bulto negro que ahora identifico con una mochila, saca de ella una bolsa térmica que contiene una botella. Es cava según me informa ella misma. Pone la mochila debajo del banco y descorcha el botellón y lo levanta hacia la oscura noche. Escucho su voz dulce susurrando de nuevo: está brindando por mí y por nuestras primeras noches juntos y bebe un largo trago. Después se levanta, tambaleándose un poco por los tacones, y da una vuelta completa sobre sí misma enseñándome su vestido y preguntándome si me gusta y que se lo ha puesto para mí. Esta noche la he visto más hermosa que nunca. Vestida así está bellísima, pero aún lo estaba más en su inesperada desnudez. 



Vuelve a sentarse y sigue bebiendo de la botella a sorbos. Por fin me está contando todo lo que le preocupaba desde hacía meses y que no había sido capaz de decirme. Se quedó sin trabajo, perdió su casa, la abandonaron sus amigos… Llevaba un par de meses viviendo en la calle. Por eso la veía más tiempo durante el día. Por eso aquella noche había decidido por fin dormir a mi lado. Eva inclina su cabeza hacia atrás y pronuncia la frase que desata el todo: ¡Ojala pudieras bajar aquí! 
Segundos más tarde, me encuentro sentado a su lado, en el banco de piedra. Temo asustarla, por eso llevo mi mano muy despacio hasta su cintura. Ella se estremece un poco pero no es miedo lo que percibo en su mente: el frío que siente cuando la toco es el culpable. Aunque cada vez parezco más humano y menos estatua, aún no he perdido del todo el frío del bronce del que estoy hecho. Ha hecho que me sienta más vivo que nunca. Por un lado deseo que se vuelva y me mire, pero por otro me da miedo lo que pueda encontrar en sus ojos cuando se crucen con los míos. Finalmente me armo de valor y susurro su nombre: 
Eva… 



Mi ángel caído – susurra ella sin volverse. 



Por favor, Eva, mírame – acaricio su pelo mientras hablo, aunque sé que no necesita que la tranquilice. Vuelvo a ser de carne y hueso, mi mente sigue conectada a la suya. 



¿Estás aquí de verdad? ¿No eres un sueño ni una alucinación? – no se atreve a volverse por miedo a que yo desaparezca.



Compruébalo tú misma. En serio, estoy aquí. Me has llamado y he venido. Me has despertado y te pertenezco durante toda esta noche. 



Bueno, eso es un cambio porque he sido yo la que siempre te he pertenecido a ti. 



¿Por eso tienes miedo de mirarme? 



¿Miedo de ti? ¿Cómo se puede temer a aquello que se ama? 




Eva se vuelve hacia mi. Sus ojos se quedan atrapados en los míos. Sus labios se encuentran apenas a unos milímetros de los míos. El deseo me resulta insoportable y cruzo la línea: borro la distancia que nos separa y beso sus labios. Ella corresponde con un deseo aún mayor que el mío. La abrazo con fuerza, se refugia contra mi pecho, cruzando sus piernas sobre las mías como si eso pudiera acercarnos aún más. Somos incapaces de separar nuestros labios, así que seguimos besándonos durante unos minutos. Cuando por fin logro separar mi boca de la suya lo hago sólo para que mis besos bajen por su cuello. Recorro despacio sus hombros y su escote. Me detengo en el nacimiento de sus pechos sólo porque allí noto más fuerte el latido de su corazón. Ella se acerca a mi oído y susurra dos palabras que avivan el fuego de mi interior: “Hazme tuya”. La beso de nuevo, con más fuerza que antes. Ya no tengo miedo de herirla, ya no queda en mí nada de la estatua que era. Paso uno de mis brazos por debajo de sus rodillas y aseguro el otro tras de su espalda. Ella se agarra a mi cuello, enredando sus dedos en mis cabellos. Me levanto con Eva entre mis brazos y me dirijo al jardín más cercano. Con mucho cuidado la deposito en la hierba y me tiendo a su lado. 



Los besos de Eva se hacen cada vez más urgentes así que bajo mis manos hasta sus piernas y subo acariciando su piel por debajo del vestido. La despojo de sus ropas despacio a pesar de que el deseo de ver de nuevo su desnudez me consume por dentro. Sólo me doy cuenta de que yo ya estoy desnudo cuando siento el calor de la piel de Eva contra mi vientre y sus uñas clavándose en mi espalda. Por primera vez en muchos siglos siento el dolor recorriendo mi cuerpo: el dolor de sentir mi piel rasgada y el sufrimiento de separar mis labios de los de Eva. Pero no puedo mantenerme lejos de su cuerpo durante mucho tiempo. Vuelvo a recorrerlo con los labios y con las manos. Tomo posesión de cada centímetro de su piel tal y como ella me ha pedido. Siento sus gemidos en cada poro de mi piel acrecentando aún más mi deseo. Llego a sus piernas y hundo mi cabeza entre ellas. Eva suspira en el momento en que mi lengua encuentra su sexo y empiezo a lamerlo despacio. La siento estremecerse entre mis manos. Por enésima vez esa noche no puedo esperar para unirme a ella, pero esta vez no me resisto. Vuelvo a buscar su boca con la mía mientras dejo que sus piernas se abracen a mi cintura. La penetro con fuerza y ella jadea con sus labios contra los míos. Eva ayuda con sus piernas a que cada vez me hunda más en su interior. 



Siento como se agita un poco debajo de mi cuerpo y un segundo después me encuentro con la espalda pegada al suelo y con Eva cabalgando sobre mí. Ahora es ella la que marca el ritmo. Lo mantiene tan lento que creo que me voy a volver loco. Cambia a cada instante sus caricias, pero siempre un poco más rápido. Por un momento la veo resplandecer y sé que el mundo no existe ya para ella. Puedo sentir en su mente como el placer recorre su cuerpo. Eso desata mi propio placer y siento de primera mano lo que un segundo antes sentía a través de Eva. Nuestras manos se encuentran en ese mundo paralelo donde no hay nada más que nosotros dos y nuestros sentimientos. 



Y ahora ¿qué va a pasar? ¿Volverás a tu columna? – pregunta Eva susurrando en mi oído. 
Debo hacerlo. ¿Te gustaría quedarte conmigo? 
¿Puedo? 
Sólo si lo deseas realmente Eva me mira a los ojos… sé su respuesta. 



La mañana está avanzada. Vuelvo a estar en mi columna. A mis pies, una cinta amarilla rodea la barandilla. Dos policías buscan entre las flores. Dos enfermeros esperan junto a una ambulancia a que les den la orden de levantar el cadáver. Otros dos hombres examinan el cuerpo sin vida de la mujer que yace en el jardín. Su vestido de noche rojo y sus zapatos de tacón les han despistado al principio aunque pronto han encontrado la mochila bajo el banco y la botella vacía. Si supieran la causa de su muerte se sorprenderían aún más, pero no encontrarán nada. Eva, o mejor dicho, el espíritu de Eva, está sentada a mi lado mirando hacia abajo. Su mano suave acaricia la mía. 



¿De verdad me quedaré siempre contigo? 



Sólo hasta que tú quieras. 



Entonces será para siempre. reflexiona durante unos segundos y luego vuelve a hablarme ¿Dejarás de…? ¿Volverás a…? Le cuesta encontrar las palabras, pero sé lo que quiere preguntarme. 



Sí, mientras sigas deseándolo, cada noche volveré a ti...

terror en la ruta


Una de las historias populares más macabras entre las creadas en el siglo XX es la que hace referencia a un conductor que en el último momento decide no recoger a un viajante. Generalmente el narrador comienza diciendo: "¿Te conté lo que le ocurrió a mi amigo? Bueno, de hecho fue a su primo..." Y continúa así: Un automovilista va conduciendo por una carretera, cuando ve a un hombre joven con el pulgar levantado. Al disminuir la velocidad para recogerlo queda consternado al ver que detrás de los arbustos o árboles de la carretera asoman dos o tres compañeros suyos. 


Considerando quizá que están abusando de su generosidad, o tal vez alarmado ante la posibilidad de que se trate de una banda de ladrones, el conductor decide en el último momento no recogerlos. Los viajantes se encuentran ya bastante cerca del coche, pero el conductor pisa el acelerador a fondo y se aleja tan rápido como puede. Los viajantes parecen enojados: gritan y chillan mientras el automovilista se aleja. Feliz de haber logrado escapar a tiempo, el conductor sigue su camino unos kilómetros sin detenerse. Después, al comprobar que el indicador de la gasolina se acerca al cero, se para en una estación de servicio. 
Acto seguido observa que el operario de la estación de servicio, lívido como la cera, se aparta horrorizado del coche. El conductor baja para ver qué es lo que pasa, y queda paralizado de horror ante lo que ven sus ojos. 



Atrapados en una de las manijas de la puerta hay cuatro dedos humanos.

viernes, 7 de octubre de 2011

El Cuarto Acuerdo de la Sabiduría Tolteca


El Cuarto Acuerdo – “Haz siempre lo máximo que puedas” 


Sólo hay un acuerdo más, pero es el que permite que los otros tres se conviertan en hábitos profundamente arraigados. El Cuarto Acuerdo se refiere a la realización de los tres primeros: Haz siempre lo máximo que puedas. 

Bajo cualquier circunstancia, haz siempre lo máximo que puedas, ni más ni menos. Pero piensa que eso va a variar de un momento a otro. Todas las cosas están vivas y cambian continuamente, de modo que, en ocasiones, lo máximo que podrás hacer tendrá una gran calidad, y en otras no será tan bueno. Cuando te despiertas renovado y lleno de vigor por la mañana, tu rendimiento es mejor que por la noche cuando estás agotado. Lo máximo que puedas hacer será distinto cuándo estés sano que cuando estés enfermo, o cuando estés sobrio que cuando hayas bebido. Tu rendimiento dependerá de que te sientas de maravilla y feliz o disgustado, enfadado o celoso. 

En tus estados de ánimo diarios, lo máximo que podrás hacer cambiará de un momento a otro, de una hora a otra, de un día a otro. También cambiará con el tiempo. A medida que vayas adquiriendo el hábito de los cuatro nuevos acuerdos, tu rendimiento será mejor de lo que solía ser. 

Independientemente del resultado, sigue haciendo siempre lo máximo que puedas, ni más ni menos. Si intentas esforzarte demasiado para hacer más de lo que puedes, gastarás más energía de la necesaria y, al final, tu rendimiento no será suficiente. Cuando te excedes, agotas tu cuerpo y vas contra ti, y por consiguiente te resulta más difícil alcanzar tus objetivos. Por otro lado, si haces menos de lo que puedes hacer, te sometes a ti mismo a frustraciones, juicios, culpas y reproches. 

Limítate a hacer lo máximo que puedas, en cualquier circunstancia de tu vida. No importa si estás enfermo o cansado, si siempre haces lo máximo que puedas, no te juzgarás a ti mismo en modo alguno. Y si no te juzgas, no te harás reproches, ni te culparás ni te castigarás en absoluto. Si haces siempre lo máximo que puedas, romperás el fuerte hechizo al que estás sometido. 

Había una vez un hombre que quería trascender su sufrimiento, de modo que se fue a un templo budista para encontrar a un maestro que le ayudase. Se acercó a él y le dijo: 

“Maestro, si medito cuatro horas al día, ¿cuánto tiempo tardaré en alcanzar la iluminación?”. El maestro le miró y le respondió: “Sí meditas cuatro horas al día, tal vez lo consigas dentro de diez años”. 

El hombre, pensando que podía hacer más, le dijo: “Maestro, y si medito ocho horas al día, ¿cuánto tiempo tardaré en alcanzar la iluminación?”. 

El maestro le miró y le respondió: “Si meditas ocho horas al día, tal vez lo lograrás dentro de veinte años”. 

“Pero ¿por qué tardaré más tiempo si medito más?”, preguntó el hombre. 

El maestro contestó: “No estás aquí para sacrificar tu alegría ni tu vida. Estás aquí para vivir, para ser feliz y para amar. Si puedes alcanzar tu máximo nivel en dos horas de meditación, pero utilizas ocho, sólo conseguirás agotarte, apartarte del verdadero sentido de la meditación y no disfrutar de tu vida. Haz lo máximo que puedas y tal vez aprenderás que independientemente del tiempo que medites, puedes vivir, amar y ser feliz”. 

Si haces lo máximo que puedas, vivirás con gran intensidad. Serás productivo y serás bueno contigo mismo porque te entregarás a tu familia, a tu comunidad, a todo. Pero la acción es lo que te hará sentir inmensamente feliz. Siempre que haces lo máximo que puedes, actúas. Hacer lo máximo que puedas significa actuar porque amas hacerlo, no porque esperas una recompensa. La mayor parte de las personas hacen exactamente lo contrario: sólo emprenden la acción cuándo esperan una recompensa y no disfrutan de ella. Y ese es el motivo por el que no hacen lo máximo que pueden. 

Por ejemplo, la mayoría de las personas van a trabajar y piensan únicamente en el día de pago y en el dinero que obtendrán por su trabajo. Están impacientes esperando a que llegue el viernes o el sábado, el día en el que reciben su salario y pueden tomarse unas horas libres. Trabajan por su recompensa y el resultado es que se resisten al trabajo. Intentan evitar la acción; ésta entonces se vuelve cada vez más difícil y esas personas no hacen lo máximo que pueden. Trabajan muy duramente durante toda la semana, soportan el trabajo, soportan la acción, no porque les guste, sino porque sienten que es lo que deben hacer. Tienen que trabajar porque han de pagar el alquiler y mantener a su familia. Son personas frustradas y cuando reciben su paga, no se sienten felices. 

Tienen dos días para descansar, para hacer lo que les apetezca y ¿qué es lo que hacen? Intentan escaparse. Se emborrachan porque no se gustan a sí mismos. No les gusta su vida. Cuando no nos gusta como somos, nos herimos de muy diversas maneras. Sin embargo, si emprendes la acción por el puro placer de hacerlo, sin esperar una recompensa, descubrirás que disfrutas de cada cosa que llevas a cabo. Las recompensas llegarán, pero tú no estarás apegado a ellas. Si no esperas una recompensa, es posible que incluso llegues a conseguir más de lo que hubieses imaginado. Si nos gusta lo que hacemos y si siempre hacemos lo máximo que podemos, entonces disfrutamos realmente de nuestra vida. Nos divertimos, no nos aburrimos y no nos sentimos frustrados. 

Cuando haces lo máximo que puedes, no le das al Juez la oportunidad de que dicte sentencia y te considere culpable. Si has hecho lo máximo que podías y el Juez intenta juzgarte basándose en tu Libro de la Ley, tú tienes la respuesta: “Hice lo máximo que podía”. No hay reproches. Ésta es la razón por la cual siempre hacemos lo máximo que podemos. No es un acuerdo que sea fácil de mantener, pero te hará realmente libre. Cuando haces lo máximo que puedes, aprendes a aceptarte a ti mismo, pero tienes que ser consciente y aprender de tus errores. Eso significa practicar, comprobar los resultados con honestidad y continuar practicando. Así se expande la conciencia. 

Cuando haces lo máximo que puedes no parece que trabajes, porque disfrutas de todo lo que haces. Sabes que haces lo máximo que puedes cuando disfrutas de la acción o la llevas a cabo de una manera que no te repercute negativamente. Haces lo máximo que puedes porque quieres hacerlo, no porque tengas que hacerlo, ni por complacer al juez o a los demás. Si emprendes la acción porque te sientes obligado, entonces, de ninguna manera harás lo máximo que puedas. En ese caso, es mejor no hacerlo. Cuando haces lo máximo que puedes, siempre te sientes muy feliz; por eso lo haces. Cuando haces lo máximo que puedes por el mero placer de hacerlo, emprendes la acción porque disfrutas de ella. 

La acción consiste en vivir con plenitud. La inacción es nuestra forma de negar la vida, y consiste en sentarse delante del televisor cada día durante años porque te da miedo estar vivo y arriesgarte a expresar lo que eres. Expresar lo que eres es emprender la acción. Puede que tengas grandes ideas en la cabeza, pero lo que importa es la acción. Una idea, si no se lleva a cabo, no producirá ninguna manifestación, ni resultados ni recompensas. 

Hacer lo máximo que puedas es un gran hábito que te conviene adquirir. Yo hago lo máximo que puedo en todo lo que emprendo y siento. Hacerlo se ha convertido en un ritual que forma parte de mi vida, porque estás vivo. No disfrutar de lo que sucede ahora mismo es vivir en el pasado, es vivir sólo a medias. Esto conduce a la autocompasión, el sufrimiento y las lágrimas. 

Naciste con el derecho de ser feliz. Naciste con el derecho de amar, de disfrutar y de compartir tu amor. Estás vivo, así que toma tu vida y disfrútala. No te resistas a que la vida pase por ti, porque es Dios que pasa a través de ti. Tu existencia prueba, por sí sola, la existencia de Dios. Tu existencia prueba la existencia de la vida y la energía. 

No necesitamos saber ni probar nada. Ser, arriesgarnos a vivir y disfrutar de nuestra vida, es lo único que importa. Di que no cuando quieras decir que no, y di que sí cuando quieras decir que sí. Tienes derecho a ser tú mismo. Y sólo puedes serlo cuando haces lo máximo que puedes. Cuando no lo haces, te niegas el derecho a ser tú mismo. Ésta es una semilla que deberías nutrir en tu mente. No necesitas muchos conocimientos ni grandes conceptos filosóficos. No necesitas que los demás te acepten. Expresas tu propia divinidad mediante tu vida y el amor por ti mismo y por los demás. 

Los tres primeros acuerdos sólo funcionarán si haces lo máximo que puedas. No esperes ser siempre impecable con tus palabras. Tus hábitos rutinarios son demasiado fuertes y están firmemente arraigados en tu mente. Pero puedes hacer lo máximo posible. No esperes no volver nunca más a tomarte las cosas personalmente; sólo haz lo máximo que puedas. No esperes no hacer nunca más ninguna suposición, pero sí puedes hacer lo máximo posible. 

Si haces lo máximo que puedas, hábitos como emplear mal tus palabras, tomarte las cosas personalmente y hacer suposiciones se debilitarán y con el tiempo, serán menos frecuentes. No es necesario que te juzgues a ti mismo, que te sientas culpable o que te castigues por no ser capaz de mantener estos acuerdos. Cuando haces lo máximo que puedes, te sientes bien contigo mismo aunque todavía hagas suposiciones, aunque todavía te tomes las cosas personalmente y aunque todavía no seas impecable con tus palabras. 

Si siempre haces lo máximo que puedas, una y otra vez, te convertirás en un maestro de la transformación. La práctica forma al maestro. Todo lo que sabes lo has aprendido mediante la repetición. 

Si haces lo máximo que puedas en la búsqueda de tu libertad personal y de tu autoestima, descubrirás que encontrar lo que buscas es sólo cuestión de tiempo. No se trata de soñar despierto ni de sentarse varias horas a soñar mientras meditas. Debes ponerte en pie y actuar como un ser humano. Debes honrar al hombre o la mujer que eres. Debes respetar tu cuerpo, disfrutarlo, amarlo, alimentarlo, limpiarlo y sanarlo. Ejercítalo y haz todo lo que le haga sentirse bien. Tu propio cuerpo es una manifestación de Dios, y si honras a tu cuerpo, todo cambiará para ti. Cuando des amor a todas las partes de tu cuerpo, plantarás semillas de amor en tu mente, y cuando crezcan, amarás, honrarás y respetarás tu cuerpo inmensamente. 

Cuando honres estos cuatro acuerdos juntos, ya no vivirás más en el infierno. Definitivamente, no. Si eres impecable con tus palabras, no te tomas nada personalmente, no haces suposiciones y siempre haces lo máximo que puedas, tu vida será maravillosa y la controlarás totalmente. 

Los Cuatro Acuerdos son un resumen de la maestría de la transformación, una de las maestrías de los Toltecas. Transformas el infierno en cielo. Sólo tienes que adoptarlos y respetar su significado y su poder.